Ayer me tocó uno de esos semáforos eternos, de más de media hora. En serio.

Estuve 32 minutos y medio contemplando el disco rojo, esperando a que se pusiera verde sin que ningún coche cruzara por la otra vía.

Estaba en las afueras, en uno de esos barrios dormitorio que a media mañana no tienen ni un alma. El único coche que vi en casi una hora llegó por la otra calle justo cuando su semáforo se ponía rojo y el mío verde. ¡Pobre!

 Esto de los semáforos es un gran invento, sobre todo para las grandes ciudades, todas llenas de coches y prisas. Nos da una gran seguridad, nos regula, nos disciplina. Nos evita accidentes, problemas y discusiones. Además, son de un verde tan bonito...

 Pero los semáforos también nos ralentizan y nos quitan el ritmo, la alegría. Incluso nos cuadriculan un poco, haciendo que no miremos, que no pensemos, que obedezcamos: Verde. ¡Adelante! Rojo. ¡Quietos!

 Yo creo que hay demasiados semáforos, ¿no os parece? Están por todas partes, incluso donde no hacen falta, incluso cuando no son necesarios. ¿Hay algo más inútil que un semáforo en mitad de la noche sin nadie que pare en rojo, sin nadie que pase en verde?

 Aquí es donde muchos de los que me conocéis estáis esperando que me meta con los políticos, en este caso municipales, que son los que plantan los semáforos como si fueran flores tricolores que alegran la vista.

 Pero no, en este asunto nuestros próceres sólo nos dan lo que nosotros pedimos, lo que nosotros queremos: más seguridad, más tranquilidad. De hecho, los peores semáforos, los que más nos paran, son los que tenemos dentro, los que plantamos nosotros: nuestras preocupaciones, nuestros miedos, a veces incluso nuestro exceso de celo, de ganas de hacerlo bien...

 Qué bonito sería, ¿verdad? en estos tiempos de incertidumbre, disfrutar de la certeza y sencillez de un semáforo: Verde. ¡Adelante! No te preocupes, que no hay peligro. Rojo. ¡Quieto! No te muevas y no tendrás problemas.

 Para el año que viene no es eso lo que necesitamos: certezas, semáforos, seguridad... Todo lo contrario. Tenemos que soltar lastre, despreocuparnos un poco y recuperar algo de ritmo y de alegría.

 Por eso mi deseo para esta Navidad, para el año que viene, es que haya en vuestro camino los menos semáforos posibles, ya sean internos o externos.

 Y, por supuesto, que los pocos que haya estén todos en verde.

 ¡Felices Pascuas!